Bart: Hey, I know it wasn’t great, but what right do you have to complain?
CBG: As a loyal viewer, I feel they owe me.
Bart: What? They’re giving you thousands of hours of entertainment for free. What could they possibly owe you? If anything, you owe them.
CBG: [pauses] Worst episode ever.
—The Simpsons, “The Itchy & Scratchy & Poochie Show”
Bart: Hey, sé que no fue grandioso, ¿pero qué derecho tienes de quejarte?
CBG: Como espectador fiel, siento que están en deuda.
Bart: ¿Qué? Te dan miles de horas de entretenimiento gratis. ¿Qué podrían deberte? Más bien, tú les debes a ellos.
CBG: [pausa] Fue el peor episodio.
—Los Simpson, “El Show de Tomy y Daly y Puchi”
¿Cuál fue el problema con el final? ¿Por qué fue recibido con tanto escozor? Una de las respuestas más ingenuas que se me ocurren es porque casi todos sabíamos cómo terminaría, incluso mucho antes de verlo. Mi experiencia fue extraña: era noviembre de 2001 y el canal de cable USA Latin America apenas estaba estrenando la sexta temporada. Mi entusiasmo y curiosidad me llevaron a investigar por Internet todo lo referente al último ciclo de vida de una de mis series favoritas (de hecho, el único programa que miro regularmente). Lo que encontré fueron declaraciones furiosas y críticas feroces al episodio doble A Friend In Need por haber borrado del mapa a la heroína de una forma tan violenta y, para la mayoría, absurda. Por un momento sentí el fuerte golpe, y me contagié de esa propensión ciega a reprobar el final. Pensé: “¿Cómo pueden matar a Xena y dejar a Gabrielle sola? ¡Qué barbaridad!”. Pero en el ínterin disfruté enormemente de los capítulos de la sexta temporada; casi todos me parecieron realmente buenos. Comprendí, entonces, que debía darle una oportunidad al cierre y no enceguecerme por la psicosis que se había desatado dentro de la comunidad cibernética.
Compromiso, entrega y lealtad.
A tiempo lo hice, y con gran animación asistí a la función doble que tuvo lugar el viernes 19 de abril de 2002 a las 8 de la noche en la pantalla de USA. Lo que vi fue un excelente filme; casi dos horas de un despliegue de hermosísimas imágenes, buenos efectos especiales (sin duda, de superior calidad que los del resto de los episodios), actuaciones impresionantes, música muy emotiva y una historia que —aunque con sus flaquezas— logró mantener mi interés y resultó de mi agrado.
Sin más rodeos, debo decir que el final me encantó. Por supuesto que hubiera sido lindo ver a las heroínas marchar de la manito hacia el ocaso, vivas y con cada parte del cuerpo donde corresponde, pero ¿cuál sería la diferencia? La serie se terminaba, de todos modos. Seamos sinceros: ¿nos molestó la forma en que acabó, o el simple hecho de que acabara?
A toda heroína le llega el final.
La polémica ha alcanzado una magnitud sideral. Se objeta el injustificado argumento de Xena para permanecer muerta (supuestamente, el estado de gracia de las cuarenta mil almas depende de ello); se impugna la excesiva brutalidad con que la heroína es aniquilada (en mi opinión, una secuencia admirablemente filmada), se aborrece que su alma gemela haya quedado viuda y hablándole al aire como si estuviera demente. Y bueno, cada quien tiene derecho a hacer la lectura que le place; evidentemente es imposible conformar a todos. Pero ponerse en campaña para insultar a los realizadores y sabotear sus proyectos venideros, como he visto que ha sucedido, ya es caer en una verdadera insensatez. Sé que ha sido una minoría la que reaccionó de esta manera, no obstante es claro que se ha llevado la cuestión hasta fronteras insospechadas. Y lo que sí he notado es que las censuras han sido casi exclusivamente encauzadas al dilema ético de los personajes centrales y no al mérito artístico del episodio o falta de él. ¿Por qué Xena tenía que morir si ya hacía rato que había sido expiada de sus pecados por los mismísimos cielos? ¿Por qué Gabrielle estuvo en definitiva de acuerdo con la decisión de Xena de permanecer muerta? ¿Por qué Gabrielle terminó convirtiéndose en la Princesa Guerrera heredera cuando su ideal siempre hubo sido de paz y misericordia? ¿Por qué pisotearon el bonito mensaje de amor y redención que la serie siempre enalteció? Y como estos, cientos de cuestionamientos más...
Aquí surge un debate mucho más intrincado de lo que aparenta en la superficie. Yo creo, humildemente, que uno de los problemas más grandes que ocasionan este tipo de respuestas por parte del público estriba en la errónea tendencia de las sociedades posmodernas a otorgarle a la televisión el estatus de institución moral. No estoy en desacuerdo con que la TV sirva como vehículo para fomentar valores humanos, cosa que, para ser honestos, es lo que menos hace; pero sí me resisto a aceptar el hecho de que se le demande que forme esos valores. Y lo más curioso es que esta tendencia nociva no hace discriminación entre confines geográficos: se la pone en práctica tanto en países desarrollados, cuyo nivel general de educación es superior, como en las naciones más rezagadas (incluida ésta, en efecto), en las cuales el quebranto institucional es mucho más patente.
¿Cuál fue la causa por la cual las sociedades avanzadas y las no tanto han abrazado esta tendencia desde fines de la Segunda Guerra Mundial? Muchas. Las más canallas —y por cierto más encubiertas— han sido la manipulación por parte de todo un sistema, el capitalismo, y el miedo que se inculcó al individuo, consciente o inconscientemente, hacia todo lo que representara una amenaza para ese sistema. Aunque la manera más “inofensiva” y discreta, y, por consiguiente, más efectiva, fue el deslumbramiento fácil e inmediato que el entertainment, con la ayuda de la tecnología funcional, ofreció a toda una generación: la sedujo con su rimbombancia y la cautivó con la promesa de jamás aburrirla; le confirió a su mesías, la televisión, el rol de transmisor de los contenidos de la realidad, y le dio al espectador un arma letal llamada control remoto, para que se jactara de un espurio poder final de decisión.
Y en este punto debo traer a colación la consecuencia. ¿Por qué se ha vuelto tan difuso el límite que nos permite disociar la realidad del entretenimiento? Este interrogante me lleva a desentrañar un asunto mucho más complejo y enraizado, que tiene que ver con la desmesurada función social que los medios de masas han adquirido de la posguerra en adelante. Desde que ellos ostentan el discurso de poder (aquel que explica cómo es el mundo en que vivimos y establece las pautas para obrar dentro de él), se nos ha machacado con mil y un artificios que lo que prevalece es el ideal de vida que los medios nos venden. De ahí que si, por uno u otro factor, se nos traiciona ese ideal reaccionamos con irritación o desasosiego. El conflicto de fondo no radica en el mensaje —en el ideal— que la TV o los medios emiten, sino en los esquemas bajo los cuales el receptor fue “entrenado” para decodificarlo. Esos esquemas que los medios inventan y propagan con maniobras sutiles y no tanto, no son más que los pequeños y grandes engranajes de un fagocitante aparato siniestro para enajenar al individuo y adormecer su capacidad reflexiva. El objetivo lo conocemos todos, aunque a veces estemos demasiado obnubilados para luchar contra él: hacernos más vulnerables y, por ende, dominarnos con menor esfuerzo. Son las bases del formidable engaño en el que nos hallamos inmersos; de ese Paraíso en la Tierra que vemos en los cortes comerciales de un programa de TV ensordecedor e insultante, con chicas semidesnudas que bailan y sonríen como autómatas; del opio de los pueblos que hoy por hoy representan la publicidad, la moda, el merchandising, el periodismo, las competencias deportivas, la tecnología malgastada y el hipócrita mundo del espectáculo de masas.
Este es sólo un modesto juicio que yo hago, a propósito y sólo a propósito del sonado recibimiento del final de Xena, del gran problema radical que sufre la humanidad falazmente globalizada y supuestamente madura del tercer milenio. Con esto no deseo ni sentar doctrina (¿quién soy yo para hacerlo?), ni mucho menos achacar culpas a nadie en particular. Simplemente me interesa señalar que no todo lo que parece malo lo es tanto, y no todo lo que se considera normal es precisamente bueno. Hay, simplemente, que adoptar una perspectiva saludable y sensata desde donde mirar.
Antes de continuar desviándome más del tema que me concierne en esta sección, quiero clausurar esta breve columna de opinión con un pequeño homenaje in memoriam a la Princesa Guerrera que ha pasado ya a la historia. Recientemente, revolviendo entre mis cajones, encontré estos versos que escribí no hace mucho tiempo movida por la más sublime de las facultades humanas: la de amar. Si bien están inspirados en mi amor, creo que guardan íntima correspondencia con la sustancia que ha dado vida y alma a la serie, y con el valiente sentimiento que nuestras heroínas ensalzaron durante seis inolvidables temporadas. Además, yo sé que él no se va a enojar porque aquí lo reproduzca.
Así que, sin más, doy fin a este raudal de filosofía barata con las siguientes palabras:
De repente he pensado en la muerte,
fiera invencible bramando fuerte,
viniendo a sellar la humana suerte:
ése, su rugido que retumba
sólo es mudez dentro de la tumba
donde nuestro sueño se derrumba.
Única verdad fraguada a fuego,
única verdad indemne al ruego,
¿respuesta? ¿la habrá? ¿llegará luego?
Única certeza que tenemos
por mucho que sortearla intentemos
en el rumbo que nos imponemos.
Pero sé que hay otra certeza:
eternizarnos en la grandeza
de amar, por sí sola fortaleza.
Y no hay muerte ya para quien ama
no hay fiera, ni rugido, ni flama
hay un solo épico programa:
vivir amando y morir igual,
que aún el amor es abismal
y aún en la muerte es inmortal.
«No hay muerte ya para quien ama», 29 de agosto de 2000
© 2002.
El presente trabajo es propiedad del Homenaje argentino a la Princesa Guerrera.
Se ruega el favor de no reproducirlo o citarlo en otra/s página/s sin una previa autorización de la editora de este sitio.